Hoy debe ser, antes que nada, un día de recogimiento civil, de silencio interior y de memoria activa. A 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la Argentina no recuerda una fecha más del calendario: vuelve sobre una herida decisiva de su historia, sobre el momento en que quienes decían venir a imponer orden usurparon el poder soberano del pueblo, clausuraron la vida institucional y pusieron en marcha un sistema de terror estatal que persiguió, secuestró, torturó, asesinó e hizo desaparecer a miles de argentinos.
Recordar esa fecha no es quedar atrapados en el pasado; es asumir que una nación sólo puede proyectarse con dignidad cuando se atreve a mirar de frente sus tragedias.Esta conmemoración debe ser una jornada de reflexión profunda sobre lo que significa perder la república y sobre el inmenso valor de haber recuperado la democracia el 10 de diciembre de 1983, después de más de 7 años de dictadura. Desde entonces, la Argentina ha sostenido más de cuatro décadas de vida democrática ininterrumpida. Ese recorrido, con sus avances y sus deudas, merece ser reivindicado con orgullo sereno: como una construcción colectiva que debe ser defendida todos los días frente a toda tentación autoritaria. Pero celebrar la democracia no obliga a suavizar el horror de aquello que la precedió, la fortalece.
El “Nunca Más” debe seguir siendo un mandato ético y político. Porque lo que se quiso destruir no fueron solamente personas aisladas, ni organizaciones terroristas, sino buena parte de los cuadros representativos de nuestra sociedad: dirigentes políticos, sindicales y estudiantiles, intelectuales, trabajadores, profesionales, militantes, artistas, docentes, periodistas y ciudadanos comprometidos. En nombre del orden, se sembró la barbarie; en nombre de la Patria, se violó la ley; en nombre de una supuesta salvación nacional, se degradó la nación misma.
A 50 años de aquel quiebre, el mejor homenaje a las víctimas y a quienes resistieron es renovar un compromiso esencial: memoria para comprender, verdad para no deformar, justicia para reparar, democracia para convivir.
El 24 de marzo debe convocarnos a una sobriedad republicana que no confunda reconciliación con olvido ni futuro con amnesia. Un país que recuerda es un país que se protege. Un pueblo que preserva su memoria fortalece su libertad. Y una democracia que sabe de dónde viene está mejor preparada para impedir que, bajo cualquier disfraz, vuelva a repetirse una campaña tan grotesca de destrucción humana, institucional y moral.
Nunca más al terrorismo de Estado. Nunca más a la supresión de la soberanía popular. Nunca más al odio erigido como método de gobierno. Nunca más a la violencia, … incluso la verbal.
Jorge A. Giorno





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